Abres los ojos. Silencias. Es la noche
complicada de estrellas y conjuras mentales.
Cierras los ojos. Sonríes. Es el canto;
El día que transcurre por los labios indecisos.
Me matas. Es la vida.
Te mueres. Es un ala.
Cualquier palabra sirve para nombrar el prodigio.
En los magnéticos campos, vas y vienes sin moverte,
vienes y vas alternante, dando así a la luz los misterios.
Abres los brazos. Me entrego.
Cierras el fruto. Lo muerdo.
Abres la música y vuelan entre palmas mis latidos.
O te cierras, y son sierpes
en la aurora inacabable de las metamorfosis.
Abres. Cierras. Apretado
el fruto es comestible, y erótico, y violento,
y horrendamente arcaico. Y sagrado, por arcaico.
Cierras. Abres. Te declaro, por alegrías variando,
con voz pública y escándalo.
Sé que nadie nos perdona. Que desafío, si canto.
Que la dicha es un pecado.
Vivir hacia delante mientras la vida crece,
no pensar que te acechan, hipnóticos, los iris
de los céntricos ojos de la muerte,
creer que por feliz, limpio, alígero, indemne,
transcurres inocente,
es ignorar que nunca se perdona al dichoso,
que amar es siempre dolo.
¡Cómo brillan en la mina los tesoros,
las áureas tormentas
contenidas en un grano de ira y oro!
¡Cómo acaban
en cabezas de muerto los espigados gozos
y las fúlgidas sumas del maquinal insomnio!
¡Cómo somos uno en otro, sin razón, corazonados!
No se debe (tiemblas, abres),
no se puede (cierras, dueles),
no se quiere luchar, sólo se quiere
conservar ese cuerpo felizmente evidente,
esos ojos, esos labios, esos brazos
secretamente envolventes,
sintiendo mansamente que allí acaba la muerte.
Puestos los guantes de llamas
se tocan limpiamente los turbios sentimientos.
Puesta en sí la mirada,
Se ve sólo el amor; La vida clara;
Otros ojos reales; un orden de distancias.
Y no se pide más.
Se piden simplemente las materiales magias.
Nada más (¿será mucho?),
nada menos que vivir lo total en el momento
como todos podemos vivir, como besamos,
como amamos y erramos luminosos,
como yo, por ti, contigo, puedo y hago,
pese al mundo que nos burla y nos desgarra,
pese a todos los que llaman cinismo a mi inocencia.
Abres los ojos. Te miro sin acabar de encontrarte.
Cierras los ojos. Te envuelvo, muriéndome por dentro.
Pones la noche. Te pienso.
Pones el día. Te espero.
Y en esta vida me cumplo, madurando con lo triste.
Y aunque todo parece mentira, yo te creo.
Sé que el amor existe.
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Gabriel Celaya (1911-1991)
(Ilustración: Kitagawa Utamaro)